DEDICADO

En memoria de Santiago Maldonado. Pedimos justicia.

12/31/2016

Las cimas, las orillas, el río y el alma

por Pedro Patzer

El que desconoce su corazón (el que ignora de qué está hecho su corazón) jamás encontrará su canción, será un inquilino en el balbuceo del mundo y por más que se sumerja en el río,  jamás será el río (y mucho menos alcanzará el himno de sus ahogados) y por más que alcance la cima de la montaña, jamás será la montaña  (los sabios nos han enseñado que no hace falta escalar la montaña para ser su cima) y por más que amanezca, jamás será el día y su noche será el libro cerrado del alma, la orilla no alcanzada por los que nunca le han hecho preguntas al río, por los que siempre permiten que el desierto hable en nombre de ello

12/26/2016

Cierra el café “Le Caravelle”, nace otro fantasma de la calle Lavalle








por Pedro Patzer
Ya habían convertido sus cines en templos donde un dios brasileño cotiza en la bolsa el dolor de los desesperados; ya sus esquinas se habían colmado de tarjeteros que ofrecen la misma manzana que tantas veces mordieran los adanes que no tienen paraísos que perder; ya sus tardes se habían llenado de una multitud de solitarios, demasiados vendedores y compradores de oro, mas ningún alquimista, negocios donde los usureros condenan a los condenados; ya la peatonal de la vida se había transformado en una calle más del mundo, transitada mayoritariamente por oficinistas que pasean sus idilios entre sus tontos días y sus teléfonos inteligentes, mientras “arbolitos” sin raíces repiten una palabra que se ha banalizado: “cambio, cambio”. Sin embargo, siempre quedan trincheras: una muchacha que al pasar deja su perfume, sin pedir nada cambio; un lustrabotas que canta como un gondolero varado en el microcentro porteño, y cafés en los que se reúnen los penúltimos rufianes melancólicos de la misteriosa Buenos Aires.
No obstante, la peatonal Lavalle recibirá en estos días su tiro de gracia: cerrará el café notable “Le Caravelle”, fundado en 1961. Es decir, un mundo llegará a su fin, se acabará el nido de los matemáticos de los sueños, los levanta quiniela ya no tendrán sus barras desde donde contemplar el oráculo (Le Caravelle es un café de parado, no tiene mesas), barras que son como los pupitres de la escuela de todas las cosas, donde muchos han confeccionado el testamento del mundo y los mapas para acceder a la secreta ciudad, siempre latente; tampoco los que sienten a la corbata como horca encontrarán su oxígeno en el whisky del atardecer, ni los viudos de otro día perdido aliviarán su desasosiego en el crepúsculo del café amargo; ya Discépolo se quedará sin otra ventana donde apoyar la ñata contra el vidrio.
Mientras Buenos Aires se llena de cafés gringos, cafés sin mozos y sin viejos que puedan recuperar la sonrisa de Gardel o el fastidio de Roberto Arlt; cafés sin albañiles del porvenir del mundo, cafés sin Manzis y sin Borges; cafés sin soldados del amanecer, cafés sin noches interminables, o mejor dicho, de “coffees”, porque ellos son del idioma del vencedor, ellos vienen a conquistar, a imponer la cultura de los consumidores de donas, ellos vienen a evitar que los cafés de acá nos hagan recordar a nuestros héroes culturales; ellos vienen a imponer una nostalgia de cosas que nunca vivimos, un sabor de un mundo que no huele a nuestro barrio,  “coffees” en los que nunca sentimos la presencia de nuestro padre, de nuestro abuelo, y justamente ésa es la idea: un espacio que no nos invite a luchar para volver a casa, cuando digo “volver a casa” no me refiero al pasado, más bien quiero decir, la casa ideal, luchar por volver a casa, pelear por construir ese sueño que siempre tuvimos de casa; por eso no es sólo el cierre del café “Le Caravelle”, es la clausura de un espejo en el que mirarnos y reconocer de qué estamos hechos, de qué cosas fueron construidas nuestras miradas. ¿Dónde hallaremos personajes como el parroquiano que encuentra un tango para cada noticia; o el que se ufana de haber tenido 777 amantes, pero que al alcanzar esa cifra divina consagró su alma y su cuerpo al ascetismo; o el Elvis de Lanús, que entre café y café jura que él no imita al cantante de Mississippi sino que él es el mismo Elvis que ha llegado escapando de la fama; o el burrero que se define como sanmartiniano por las batallas que ha librado con su caballo blanco? ¿A dónde se irá ese elenco estable de “Le Caravelle”? ¿A dónde se irán esos viejos mozos con tonadas salteñas, tucumanas, santiagueñas, que con tanta picardía de provincia aderezaron al otario microcentro, esos mozos que tienen la medida exacta del trago según el tamaño de la pena, y la palabra justa para romper el bullicio interior de cada náufrago urbano? Por eso cuando los adolescentes empleados de los “coffees” nos preguntan el nombre cada vez que hacemos un pedido, yo me acuerdo de la respuesta de Ulises al Cíclope: “me llamo Nadie”, y me río porque ése es el propósito de la cultura de los “coffees”: hacer de todo lo que uno es, de todas las cosas que a uno le han dado nombre, un nadie. Que los cafés sean como los shoppings y los aeropuertos: iguales en todos lados. De todos los sitios y de ninguno.
La ciudad se llena de colores siempre ajenos, las cosas de siempre adquieren otros nombres, entonces es necesario preguntarnos: ¿Qué cosas nos enriquecen y qué cosas nos empobrecen? No sea que como el Rey Midas, ambiciosos de un oro que no nos alimenta, terminemos huérfanos de nuestros viejos, de nuestros colores, de nuestros personajes, huérfanos de nosotros mismos.
Con el cierre de “Le Caravelle” (Lavalle 726), en la peatonal Lavalle nace otro fantasma de Buenos Aires; las telarañas del mundo , como decía Tuñón, comienzan a cubrir lo que queda de su alma.

12/19/2016

El que cree que domina el juego, ignora el gran juego

por Pedro Patzer
A Silvana Escobar que me recordó una semilla


El que cree que domina el juego, ignora el gran juego; confía que tiene una edad, como si el viento la tuviera; le inculcaron la frontera de su nombre, como si existiera un muro que delimita el principio y el final de la aurora, el comienzo y el lugar donde acaba el alma.
El que cree que domina el juego, ignora el gran juego; no duda si el impostor es el que habita la realidad o el que sueña; el que forma parte de las estadísticas o el que es hermano de las auténticas cimas; el que cree que domina el juego, ignora el gran juego, para él lo divino es algo abstracto y el cuerpo un asunto de la medicina; por eso el que cree que domina el juega,ignora el gran juego y arranca la rosa, como si las rosas fueran todas iguales, como si los jardines fueran meros accidentes.
El que cree que domina el juego, ignora el gran juego; y pierde su juventud cuando deja de buscar la llave que abra todas las celdas del mundo; cuando deja de buscar las islas que hospeden a todos los náufragos de la existencia.

11/23/2016

Discépolo un artista con todas las letras y todos los silencios de su pueblo

por Pedro Patzer
Hay un agujero negro en la cultura oficial argentina, esa cultura que Jauretche señalaba como una construcción de la oligarquía nacional y el imperio extranjero. Ese agujero negro impide que dialoguen los cuchilleros de Borges con los mamados de velorios de Landriscina. Ese agujero negro en la cultura oficial argentina no admite que convivan las obras de Leopoldo Lugones con las de Horacio Guarany; ese agujero negro que impulsa la necesidad de aprender inglés, y por supuesto inglés británico, para defenderse en la vida, pero no promueve el conocimiento, aprendizaje y difusión de las lenguas originarias de nuestra Argentina indoamericana. Por tanto hay muchas argentinas culturales, que los radares de la cultura oficial no registran, así, tenemos que reconocer la importancia del chamamé cuando nombran Caballero en artes a Barboza en Francia, pero seguimos despreciando al chamamé maceta. Por supuesto, estamos a la espera de que se reconozca a la Mona Jimenez en París, para que el artista cordobés sea tapa de los suplementos culturales y protagonista de una senda muestra en el Palais de Glace. Leonardo Favio nos enseñó que podía hacer canciones para tías solteronas y a la vez hacer películas que nos cambiaron, para siempre, la mirada de la vida. En este marco, en medio de este cambalache cultural, es donde aparece Discépolo con su Mordisquito, aparece sin advertir que la máquina de despreciar de la “alta cultura”, no tolerará que un poeta consagrado por obras indiscutibles, se pare desde la cultura del obrero, la cultura del vino con soda, del escarbadiente, de los hombres que se despiertan a las cinco y media de la mañana para “ganarse la vida”, del “grasa”; porque ante todo, la mirada de Enrique Santos Discépolo recupera la mirada del mundo de los trabajadores, de los que miden los sueños de aguinaldo en aguinaldo, de los que calculan las horas extras del día, de los que vacacionan en los hoteles del sindicato, porque aprendieron que esas son conquistas que sus padres no tuvieron, que en la devastadora década infame eran impensadas, y que todas esas conquistas los hermanan con una manera de entender la vida, la vida según el trabajador. Un artista con la sensibilidad de Discépolo, capaz de preguntarse: “¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?”; y de ver el parecido del cafetín de Buenos Aires con su madre: “si sos lo único en la vida/ que se pareció a mi vieja…” o de tener una ternura tan inteligente para definir la mezcla de mundos opuestos con versos magistrales como :“ves llorar La Biblia/ junto a un calefón” ¿Cómo un artista con semejante sensibilidad no se iba a conmover ante el fenómeno de ese peronismo que fue un sentimiento genuinamente popular? “Me ofrecieron la posibilidad de discutir desde este micrófono, y yo soy capaz de discutir hasta con un glóbulo solo, porque para tener razones no hace falta más que un glóbulo en las venas, pero lleno de convicciones” Hubiera sido más cómodo, menos problemático para Discepolín, hacerse el distraído, si él ya era un consagrado, si él no había caído en el agujero negro de la “alta cultura”; sin embargo pudo más su consecuencia con la dramaturgia de su espíritu, con los que rajaron los tamangos buscando ese mango que los hiciera morfar, con los que secaron las pilas de apretar tantos timbres, con los que “manyaron” que a su lado se probaban las ropas que iban a dejar, lo hizo comprometerse. En junio de 1951 es invitado por Subsecretaría de Prensa y Difusión del gobierno de Perón, a participar del microprograma en Radio Nacional “Pienso y digo lo que pienso”. Enrique Santos Discépolo se resiste al principio, por considerar el espacio como una audición de mera propaganda, pero luego acaba por aceptar aunque impone una condición: él hará la redacción definitiva de los libretos. Bautiza al espacio "¿A mí me la vas a contar?" y construye a Mordisquito, el “contrera” al que le habla: “Resulta que antes no te importaba nada y ahora te importa todo. Sobre todo lo chiquito. Pasaste de náufrago a financista sin bajarte del bote” Su lirismo no le hizo calcular que el mundo de la cultura y del espectáculo argentino estaba colmado de “mordisquitos” que reaccionarían ante sus audiciones. De modo que empezaron los desprecios y las agresiones, las salas vacías y los paquetes con mierda que llegaban a su casa. El escupitajo que un reconocido actor le espetara en la cara, a quien tan sólo le había ofrecido un abrazo.  El denuesto que un candidato a presidente, Ricardo Balbín, representante de los “mordisquitos”, lanzara a Discepolín, en el acto de cierre de su campaña: “...hay un autor de tangos que un día escribió “Quien más, quien menos, pa´malcomer/ somos la mueca de lo que soñamos ser” Estos versos son hoy su condena, hoy que se ha vendido a la dictadura convirtiéndose en su vocero...” Discépolo no tarda en contestarle: “¿Vendido yo? ¡Inocente! Si sabés que comprarme a mí es un mal negocio. Desde que nací hasta ahora vivo de mí y de mis obras. Por fortuna  - o por desgracia - no hay nadie que pueda ayudarme. Sólo mis obras y el pueblo...No hay gobierno que pueda darle más éxito o menos éxito a una canción mía, a un obra mía...a una película mía. Tengo el orgullo de mi independencia...Lo que yo le debo a este gobierno es mucho más de lo que vos te creés. Le debo, desde mi soledad, la enorme dicha que goza el pueblo…”  Los que le dieron vuelta la cara, los que se cruzaron de vereda al verlo venir, los que no respondieron sus llamadas, los que dejaron de saludarlo, los que gesto a gesto fueron vulnerando el corazón del poeta, los que compraron la entrada al banquete que se hizo en su honor, sólo para ocupar localidades y no asistir; todos ellos desconocieron que Discepolín intercedió a favor de los presos políticos, liberados gracias a su gestión ante el mismísimo Perón. ¿Era necesario que un poeta que le había dado letra a Gardel, que compuso el himno moral del siglo XX, que puso en los escenarios obras imprescindibles, adoptara semejante compromiso con un gobierno? ¿Era consecuente que el poeta que describiera como pocos la pobreza de los sin esperanzas, le diera la espalda a un proyecto que él genuinamente consideraba como el abrazo a los desposeídos? “¿Te asusta la palabra? ¿Te parece exagerada la palabra? ¡Miseria, sí! ¿O no te acordás que en este país tuyo, el más rico por sí mismo y el mejor dotado para un millón de aventuras comerciales, siempre había habido miseria? ¡Desde la miseria orgullosa de la pobre clase media, que para no ahogarse de vergüenza gastaba en hacerse planchar el cuello los centavos que le hubiesen pagado el café con leche, hasta la miseria del peón en las estancias o del obrero en las fábricas! ...Claro, vos no sabías esto. Vos nunca anduviste por las chacras o por los barrios. ¿Verdad que no?… ¿Y dónde andabas? ¿Por el corso? ¿O en el Colón? ¿O estabas bailando en la Lago di Como? ¡Claro! Por eso no te enteraste. Por eso no sabías que en el norte andino las criaturas –ángeles como tu hijo o como tu hermanito– crecían raquíticas y morían hambrientas, sin haber probado en su vida –mirá lo que te digo–, en su vida, ¡ni carne, ni pan, ni leche! Y esto pasaba aquí, en tu país. Te asombra, ¿verdad?”
Enrique Santos Discépolo murió en la vigilia de Nochebuena de 1951, mirando la ventana; tal vez intentaba ver si la vida, como una linyera más, andaba errante por las calles de su Buenos Aires. En su velorio hubo muchas ausencias, pero no faltaron las trabajadoras de los cabarets, que esa noche decidieron no trabajar, se les había muerto un Dios tan flaco como sus esperanzas, un Dios al que el corazón humano le dijo basta; se les había muerto el poeta que consiguió ponerle letras a sus más tristes silencios, se les había ido un compañero de los arrabales de la vida que cometió el valiente pecado de parecerse a su Poesía, a su canción desesperada.

Prólogo que Pedro Patzer escribiera para "Mordisquito" de Enrique Santos Discépolo. Edición Clásicos de Argentores



10/27/2016

Pueblo y corazón: dos palabras, un destino

 por Pedro Patzer (texto de su libro "Aguafuertes Provincianas" , Ediciones Corregidor 2013)

Hubo un tiempo en que la política desterró de su discurso a la palabra pueblo y en que la poesía exilió de su arte al término corazón: ¿Se puede hacer política sin el pueblo? ¿Se puede hacer poesía sin el corazón? La poesía es el corazón del pueblo, el pueblo es el corazón de la política.
Ningún diccionario indica que la palabra pueblo es sinónimo del vocablo corazón, como ninguna escuela jamás enseña a atravesar con dignidad la tristeza del anochecer de domingo, o devela el nombre exacto del hombre barbudo que siempre aparece retratado en alguna nube.
Que la poesía haya dejado a un lado al corazón, es tan insólito como si el sistema solar negara el protagonismo natural del sol. También es cierto, que muchos fariseos de las letras quisieron hacer de la poesía un objeto exclusivo, sólo para entendidos, y la traficaron en el mercado negro de las palabras. La poesía como objeto de lujo no necesita corazón; la poesía como arma de los desesperados, requiere fundamentalmente del corazón. El corazón es el pan del poema de los afiebrados, el corazón es el agua de las palabras de los sedientos, y el poeta es el biógrafo del corazón humano.
Lo mismo con el término pueblo. Hay políticos (o facinerosos que se hacen llamar políticos) que jamás conseguirán alcanzar la palabra pueblo. Ellos lo saben, por eso la reemplazan por los términos: gente, ciudadanos o vecinos. ¿Se imaginan a un líder revolucionario arengando a los “vecinos”? El vocablo pueblo huele a las ollas herrumbrosas, a hachas desdentadas, a mesas desnudas, a guitarras impacientes y cajas desesperadas.
Las palabras pueblo y corazón han caminado juntas desde que el espíritu humano alcanzara el lenguaje:
El vocablo "corazón" aparece 873 veces en la Biblia, muchas de ellas aliada al término pueblo:
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mateo 15:8)
Homero describe en La Iliada: “Aquiles convocó al pueblo al ágora: se lo puso en el corazón”
Shakespeare en Julio César, le hace decir a Bruto: “¿Sabéis hasta qué punto puede conmoverse el pueblo con sus palabras? ¡Mí corazón está ahí, en ese féretro, con César...”
La cultura popular se ha encargado de difundir esta alianza entre las palabras pueblo y corazón: “Oigo las voces del pueblo que cantó mejor que yo” escribió Yupanqui, el mismo que urdiera: “Lo que dentra a la cabeza/ de la cabeza se va .Lo que dentra al corazón se queda y no se va mas...”
Rafael Amor, le habla al pueblo cuando afirma: “Te han sitiado corazón y esperan tu renuncia/ los únicos vencidos corazón, son los que no luchan”
Juan Gelman, en su célebre libro Gotán, advierte : “abrió el pecho y sacándose/ los alrededores de su corazón,/ agitaba violentamente a una mujer,/ volaba locamente por el techo del mundo/ y los pueblos ardían, las banderas”
El imprescindible Neruda, en su Canto General, sentencia: “Está mi corazón en esta lucha. Mi pueblo vencerá”
Cuando una sociedad le teme a las palabras pueblo y corazón se vuelve parecida a sus miedos: comienza a justificar la muerte de su ángel; contribuye, con un párrafo más, a la carta suicida del mundo; coloca las fajas de clausuras del horizonte; multiplica a los predicadores de la vida chiquita, suma otro alarido al oscuro rugido de la Historia.

10/17/2016

Las canciones humanas

 (Pedro Patzer)

Las canciones humanas clausuran las fronteras del idioma
derriban los muros de las palabras
abren de par en par las puertas de la vida
echan a los mercaderes del templo,
desnudan los silencios, encienden las plegarias

Canciones humanas, satélites del alba
más de pájaro que de ángel
entre las raíces del cielo y la estrella del árbol
denuncian al traficante de cegueras
convocan al polizón al camarote de la esperanza


Canciones humanas, alumnas de la marea
constelaciones interiores que los telescopios no detectan
canciones humanas, devotas de lo que florece
caballos secretos que sólo cabalgan en el alma

canciones humanas, custodias de las cimas
melodías de semillas ante el grito apocalíptico
canciones humanas, la mano en la caverna
la pirámide en la selva, el cóndor en el charango
y el sol que dibuja el preso en la celda

La canciones humanas,
hacen vientos de la ausencia de la madre
caminos del precipicio de la herida
victoria del libro que el dolor nos escribe en el alma
en un segundo

10/11/2016

¿Cultura o adorno, educación o “copiar y pegar”?

por Pedro Patzer

La cultura sin rebeldía se convierte en adorno. Los adornos no nos invitan a transformar el mundo. Los adornos no son espejos de la historia del corazón humano, ni de un país. Los revolucionarios de salón, los académicos de aulas esterilizadas, los críticos que cacarean desde sus jaulas de oro, las sectas literarias, los que expulsan al pueblo de la cultura y de la educación son también responsables de nuestras más profundas crisis.
La identidad es lo más importante que la educación y la cultura deben custodiar y promover, sin embargo burócratas de aulas y de instituciones se han convertido en anestesistas de identidades, en profetas del “copiar” y “pegar”, apologistas de citas siempre ajenas, censores ante el embrión de la propia voz. Es curioso que estos son los mismo que se postulan en las filas de esa entelequia llamada progresismo. Eso sí, el mundo debe discutirse desde sus teorías y bibliografías, y si es posible en sus congresos para los cuarenta asistentes y expositores de siempre. Si alguien quiere indagar al mundo fuera de sus marcos teóricos, sus fronteras de claustros, será un fantasma cultural. Así el verdulero, el operario de la fábrica, la chica que se prostituye por desesperación, el cartonero, el que su única esperanza es ganar el quini 6, quedan afuera (de esa crítica) del mundo. De todas formas ellos tienen sus respuestas y su propia sabiduría, no transmitida por los “faros universitarios” ya que los académicos y los “expertos en cultura” han construido un muro en la Argentina. ¿Qué villero conoce a Juanito Laguna de Antonio Berni? ¿Qué prostituta tiene acceso al texto de Clara Beter (César Tiempo) Versos de una …? Desde luego ellos se rasgan las vestiduras señalando la decadencia de la educación argentina y se refieren con desprecio a la música que escuchan “los negros”. Porque esa es uno de nuestras más grandes derrotas culturales, ése utilizar la palabra “negro” como un término despectivo, por supuesto siempre seguido por “de mierda”. Desde luego, suelen aclarar que no se refieren a la “negritud de piel, sino de alma”, en fin. Pero volviendo a la música que disfruta la mayoría de las clases más humildes de la Argentina, me preguntó: ¿por qué las universidades, las academias, los ámbitos de cultura,  no convocan a los máximos referentes de la cumbia, del reggaetón, del cuarteto, de chamamé, para conversar? ¿Acaso consideran que es Saussure el que llena la bailanta todos los fines de semana con su cumbia “el significado y el significante”? ¿Acaso creen que es Walter Benjamin el que los hace “perrear” hasta el amanecer? No planteo que las obras de Saussure y de Benjamin no hayan aportado pensamientos enriquecedores para la humanidad, ni tampoco que el valor de las cosas radique en su poder de convocatoria; lo que estoy señalando es que la utilización que las academias y ámbitos de la educación hacen de estos autores, crea muros, blinda la mirada de la realidad, la hace inaccesible para la mayoría que tal vez apenas terminó el secundario. Si queremos seguir educando para pocos, el proyecto es genial. Si queremos educar para la mayoría y darles herramientas de emancipación, es un fracaso. Porque Saussure y Benjamin resultan muros, no puentes para los que a los veinte años tienen la cabeza colmada de ruidos del mundo. ¿Nunca se les ocurrió convocar a los artistas que llenan las bailantas y de festivales y llegar un acuerdo, escucharlos y hablarles, que ellos les otorguen claves para seducir el corazón del pueblo y ustedes aportarles herramientas pedagógicas para que trabajen en sus poéticas asuntos fundamentales de la existencia y de la libertad? ¿Acaso ignoran todo lo que Omar Shane, la Mona Jiménez y el Chaqueño Palavecino pueden aportarles acerca de las características de su público?
Manuel Ugarte fue criticado y hasta expulsado del partido socialista argentino ya que consideraba que los países que fueron colonizados por los imperios, tienen la obligación de fomentar la idea de lo nacional, rechaza la enemistad del socialismo argentino con el concepto de patria, en tanto que reafirma su amor por su nación y su bandera. Del mismo modo considero que la educación y la cultura, desde luego deben trabajar con autores universales pero siempre tendiendo un puente con la realidad nacional. ¿Qué valor tiene que le hablen del museo del Louvre a un pibe que nunca antes escuchó mencionar al artista que pintó la historia de su barrio? Tal vez convenga que primero trabajes con sus valores culturales más cercanos, que conozca a ese artista que consigue el color de su cuadra, de su ciudad; lo instruyas en la cultura de su abuelo indio, de su primo gaucho, de su amigo nieto de inmigrantes, y de ahí vincular con los valores universales del arte. Es decir, la cultura más cercana debe ser primero una respuesta espiritual y artística a lo familiar.
César Aira hizo un diccionario de autores latinoamericanos, y para sorpresa de pocos, y por supuesto no lo notaron los académicos argentinos - porque la mayoría desconoce su obra literaria -  dejó afuera a Atahualpa Yupanqui; esto que parece un mero error, es en realidad una lúcida muestra del imaginario de la “cultura culta” argentina, la que sigue denunciando que la casa ha sido tomada por los cabecitas negras, llegados con el “aluvión zoológico” en un cuento ya canónico, pero no denuncia que artistas como Yupanqui han sido echados de “la casa oficial de la cultura”, la que crea una mirada del mundo, del país, de la vida, donde su altar nunca tiene un santo parecido a su pueblo.














9/01/2016

Los que tienen como patria a la aurora

por Pedro Patzer


El poeta Edgar Morisoli advierte que en la Pampa la diuca no canta porque amanece, sino que en la Pampa amanece porque canta la diuca. Estamos en tiempos en que el mundo intenta callar el canto de la diuca, y por tanto postergar el amanecer.
Es el deber de todo aquel que realmente ha despertado, o mejor dicho, del que ha nacido dos veces, de ser un custodio del canto de la diuca, de ser uno de los que tienen como patria a la aurora.
Entre depredadores de la belleza y mercaderes de la historia, el árbol, el río, el cerro, el desposeído, la canción, la vida, nos necesitan. O seguimos considerando al mundo como un libro muerto, como una receta de un manjar siempre ajeno, o nos decidimos a ser el mundo. La realidad comienza en nuestra voluntad de dejar de ser turistas de la existencia ante tanto avance del desierto, ante tanta vida diseñada por los fantasmas. Hay algo ahí, entre el silencio del que ya prefiere callar porque no consigue palabra que pueda expresar su Atlántida insurgente; hay algo ahí entre el que siente que algo, que viene del más allá pero que existe en el más acá; hay algo ahí, donde se siguen aprendiendo las canciones que  enseñan los ríos perdidos, donde los caminos nos preparan para los confines.
Del agujero del cráneo de Kurt Cobain floreció algo; las manos cobrizas de Yupanqui se fundieron con la Tierra; las balas que mataron a José Martí, a Federico García Lorca, y  a tantos custodios de la aurora, hoy regresan como diucas, diucas que cantan para que vos, que sos el mundo, amanezcas.

8/27/2016

La Vida y el Canto, La radio

por Pedro Patzer

Hace unos meses, Pergolini sentenció que con la llegada de SPOTIFY, se acercaba el fin de la radio. ¿Acaso se imaginan a Spotify haciendo un silencio de radio? ¿Hay algo más autoral que un silencio de radio?
¿Acaso se imaginan un taxi en la madrugada sin un tango ilustrando las locuras de Dolina, o un sereno sin su radio? Para el sereno la radio es su vela. El camionero tiene cosas fundamentales en la cabina: las estampitas de San Cayetano y el Gauchito Gil; las frases fileteadas dedicadas a su madre, la foto de una tetona y por supuesto, la radio. ¿Acaso es lo mismo una serie de canciones de Gardel, vía Spotify, que Larrea anunciando un tango de Gardel, o Bobby Flores hablando del por qué de una canción de Bob Dylan? Es lo mismo Spotify que la radio de barrio celebrando al personaje de la esquina o la radio comunitaria soñando cambiar el mundo. Ni que hablar de la radio en las cárceles por las que los presos consiguen su libertad ,trascienden los muros del pabellón gracias a su pequeño receptor. Las radios en los hospitales y esas voces que muchas veces sostienen lo que queda de vida, tal vez la última voz humana que un paciente escucha es la que suena en la radio. Las radios de campo con sus mensajes puebleros: "Don Florencio nos vemos en el kilómetro 11, lleve el chancho que se lo compro".
La radio va a existir siempre porque la radio es la gente que tiene algo que decir, y también la gente que necesita escuchar, en un mundo que sólo nos enseña a oir.

Siempre que haya vida y canto, como se llamaba el programa de Antonio Carrizo, habrá radio, porque la radio no es otra cosa que la vida y el canto.

 

8/20/2016

Como si en el último muerto no estuviera el primer muerto de la humanidad

por Pedro Patzer

A veces se quiere encerrar todo en una noticia, como si en el último muerto no estuviera el primer muerto de la humanidad, como si en el anciano que hurga en la basura no estuviese el primer esclavo de la historia. La torpeza de considerar que un hombre no es la humanidad, que en la última tragedia no está la primera, o que en la belleza que nos conmueve no está la primera hermosura que asombró al corazón humano.
Es más que un error, dejar de advertir que en cada paso están todos los caminantes: un paso y Moisés y su Pueblo, otro paso, y los sirios caminando hacia quien sabe dónde. ¿Creemos que el riachuelo contaminado no tiene nada que ver con los ríos envenenados en el medioevo, consideramos que Trump nada tiene que ver con Calígula? ¿Acaso la publicidad que nos invita a ser hermosos comprando un desodorante no tiene algo que ver con los mercaderes que Cristo echó de los templos?
Nuestra derrota es olvidar que somos el que murió encadenado y el filósofo que nos hablaba de la caverna; nuestra derrota es creer que el diario de hoy nos puede informar más que la historia de la cerámica precolombina; nuestra derrota es considerar que somos libres mientras dejamos de escuchar los alaridos del genocidio armenio, ¿acaso creemos que disfrutando de la refinada orquesta, se callarán? Nuestra liberación consiste en comprender que la música nos ayuda a sobrevivir en medio de esos alaridos que persisten, los de las antiguas matanzas en Latinoamérica, África, los Balcanes, en Argelia o en cualquier rincón del planeta; los arquitectos deben construir cargando sobre su alma, las ruinas en Bagdad y en Damasco, los amantes deben amar llevando en sus corazones el peso de millones que pasaron por la vida sin conocer el amor; los poetas deben cantar con el silencio de los que hasta les arrancaron el idioma, porque nuestra derrota es creer que con nosotros comenzó el mundo, que con nosotros empezó la vida.

Si queremos cambiar el mundo, visitemos el dolor del hombre de la prehistoria y algo entenderemos de la tragedia de hoy, del drama de mañana.

8/07/2016

Nadie le había advertido que en su silencio crecían montañas

por Pedro Patzer


Nadie le había advertido que en su silencio crecían montañas y que para llegar a sus cimas tenía que descubrir lo que los mapuches llaman el Tahiel: el propio canto.  Ellos aseguran que la misión de nuestro nacimiento es encontrar el canto divino, el tahiel que la Creación puso en nuestras almas.
La ciencia no tiene más remedio que aceptar la existencia geográfica de las montañas, mas no está dispuesta a certificar la existencia del alma y mucho menos de las montañas que crecen en ella.
Había comenzado a sentir los primeros movimientos de las montañas interiores, aunque las oraciones que le habían enseñado de memoria y los jingles publicitarios le hicieron creer que entre los automáticos rituales y el deseo de comprar cosas sin sentido, se aliviaban las angustias.
De todos modos cada tanto las montañas hacían movimientos en su silencio, pero él ya era un rehén habitual de los cursos de milagros de tevé y de los civilizados protocolos que no ponen nada en riesgo en cada atardecer. Sin embargo había algo que lo hacía despreciar a los amigos de todos, algo que lo hacía burlarse de los campeones, descreer de la pulcritud de los santos, algo que lo hacía sospechar que debajo del parque de diversiones estaban enterrados los misiles, y que el ebrio que balbuceaba en las estación de trenes rodeado de perros, sabía algo que no podía soportar con una camisa almidonada como la del ministro de eucaristía. La montaña insistía en su percepción, lo aguijoneaba el vuelo de los pájaros en una ciudad llena de abajos y lo aturdía la resignación de los ancianos ante el irremediable otoño.
Cuando conoció a la niña autista, no sabía qué significaba el autismo, aunque tuvo la sensación de que ella había llegado a un lugar en el que miraba la vida de semejante manera que las palabras están demás. La niña autista lo contemplaba desde una cima y el mundo que él habitaba se volvía precipicio.
- ¿De qué cima me mira? – se preguntaba habitualmente. Entonces las montañas interiores se sacudían en su silencio y canciones, palabras de lenguas de tribus desaparecidas acudían a su voz.
El gabinete psicopedagógico de la escuela, diagnóstico que el niño tenía problemas de conducta. A él cada vez más le costaba comprender los relojes y los semáforos, a los gordos obispos y los enormes cuarteles; los financistas haciendo yoga y los fantasmas que le tienen pavor a los vivos; la metáfora del Desierto violada por Las Vegas, los adjetivos del crítico que alaba el sonido de la pianista sin perturbarse por el bochinche.

7/30/2016

La escritura existencial, la fiebre espiritual y la otra sed


Pedro Patzer

La escritura existencial requiere de mucha energía, no se puede alcanzar siendo un fantasma: los fantasmas no escriben! La escritura existencial es todo lo contrario a la anestesia cotidiana, al veneno de la noticia sin alma, a la comodidad de la resignación y la tristeza. La escritura existencial es una ofrenda, un estado del alma, una fiebre espiritual. Por eso recomiendo siempre la tarea de ablandar el ladrillo todos los días, como sugiere el pariente de juegos, Julio Cortázar: “La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio…”
La dramaturgia se enciende, el alma de las palabras muestran su corazón cuando logramos trascender el fantasma que ha hecho el mundo de nosotros, cuando dejamos atrás el mundo oficina, mundo cuartel, mundo de los resignados, y nos dejamos enloquecer por las sirenas, como bien señala Marco Denevi en El silencio de las sirenas: “Cuando las Sirenas vieron pasar el barco de Ulises y advirtieron que aquellos hombres se habían tapado las orejas para no oirlas cantar (¡a ellas, las mujeres más hermosas y seductoras!) sonrieron desdeñosamente y se dijeron: ¿Qué clase de hombres son estos que se resisten voluntariamente a las Sirenas? Permanecieron, pues, calladas, y los dejaron ir en medio de un silencio que era el peor de los insultos”
Hay sangre y barro en esto de la escritura existencial, el alma tiene sed, el alma necesita calmar la otra sed, la gente se enferma de la otra sed, la palabra también se enferma, la palabra también agoniza, porque la palabra es el real espejo del corazón humano ¿Y cómo podemos esperar palabras de agua, cuando el corazón humano está sediento?  Hablo del otro corazón, ese que mucha veces muere mucho antes que la muerte física, el mucha veces nace después de nacer. ¿O acaso creemos que el corazón humano es ese pedazo de carne a los que consagran su carrera los cardiólogos, o acaso creemos que vivir es poblar eso que llaman días hábiles? La escritura existencial nos convierte en comandantes de la contra guerra, en traductores de lo fondos de la humanidad. Preguntar, etimológicamente significa tantear o buscar en el fondo del río o del mar, es imposible abrir la puerta de la escritura existencial sin golpear las puertas de los fondos del alma de cada cosa, los fondos del alma del mundo.

7/17/2016

Al trovador Santos Vera Guayama


por Pedro Patzer


Mientras los ríos del bla bla bla inundan las calles
y los desiertos de los pregones colonizados los actos institucionales;
los ríos musicales de los huarpes, la sed cultural de los antiguos
serpentean en el alma de este trovador, Santos Vera Guayama.
¿Acaso su alma es el eco del profundo silencio de su tatarabuelo, el caudillo Santos Guayama, el gaucho que murió nueve veces?
Y no es que fuera un superhombre o un semidiós, sino que ante la pregunta de la autoridad que lo perseguía:
- Es usted Santos Guayama?
Los gauchos, los nadies, los Martín Fierro, respondían: sí!
Guayama era ellos y ellos eran Guayama.
La muerte de cada uno de ellos, era una muerte de Guayama, porque la muerte de Guayama era la muerte de todos ellos.
Más de un siglo después de la novena muerte de Santos Guayama, en 1879: podemos reconocer que los otros Guayamas siguen siendo perseguidos; los Guayamas a los que no se les respeta su lengua y su cultura; los Guayama a los que no se les respeta sus tierras y sus ríos; los Guayamas desempleados, pacientes de hospitales arrumbados. Es decir, más de un siglo después, los mismos verdugos de siempre siguen matando a los mismos Guayamas.
Sin embargo, Guayama murió nueve veces, pero nació miles de veces.
Santos Guayama nació en Buenaventura Luna y en Atahualpa Yupanqui; Guayama nació en Discépolo y en Mercedes Sosa, Guayama nació en su tataranieto, que consigue interpretar ese viento cordillerano que fue el espíritu de su tatarabuelo y lo hace arpegio profundo en su guitarra huarpe, y lo hace plegaria indoamericana en su voz tan desnuda como el ropaje de los libres.

7/05/2016

Volver al silencio espejo, a la contemplación que transforma

por Pedro Patzer


El mismo hombre de la caverna monitoreado satelitalmente, ya no podrás perderte, los mismos creadores del GPS, te ayudan a encontrarte o, mejor dicho, hacen que te encuentres con eso que el mundo hizo de vos. A veces el eco del lobo interior retumba, y tenés que dejar atrás una educación, traicionar los nombres que les pusieron a las cosas, antes de que las apreciaras; volver a un silencio espejo, a la liana interior; reconocer los territorios metáfora: andamios, andén, escaleras. Renunciar a la contemplación sin transformación; alguien que ha despertado ya no puede sólo contemplar el río, sin ser el río. Hay que perdonar a los ortodoxos y a los escépticos; a los corredores de bolsa y a los que dictan cursos de milagros; ya no hay tiempo para los simulacros; demasiados siglos de montañas tratando de hacerse entender; suficientes diluvios para una sola arca; la cultura ha ensuciado el cielo con dioses vanos y sus voceros nos han hecho creer que ya no hay páginas en blanco. El mundo está colmado de poetas que jamás escribieron un verso y en el medio hombrecitos que te llaman por un nombre que nunca fue tuyo y te atormentan con el miedo a la muerte, muerte que se parece a sus maneras de entender la vida. Entonces recordás que las capitales del imperio no pueden detener los huracanes y que los conquistadores no consiguieron que el río Pilcomayo aprendiera español. Es cuando algo te llama, algo que viene de lejos aunque viene de vos; una especie de canto que aprendiste en la selva en la que jamás estuviste; el sonido de un instrumento parecido a la voz de tu madre y al canto del pájaro que sobrevuela en tu remoto insomnio; una señal de una ciudad que no figura en los mapas pero a la que podés acceder cuando cerrás los ojos; entonces te ves rodeado de carceleros, y de a poco los idiomas y las leyes se hacen ruinas y entendés hasta qué punto el escándalo, y sonreís al recordar que los videntes griegos eran ciegos.


6/23/2016

El Tahiel, el canto interior, el canto sagrado

por Pedro Patzer

Los mapuches consideran que la vida es una etapa de búsqueda del Tahiel, el canto interior, el canto sagrado. Todos llevamos dentro confesiones de ríos anteriores a los idiomas; consejos de montañas previos al alpinismo; melodías de selvas precedentes a Tarzán; vidalas de vientos anteriores a las alertas meteorológicas; ecos de la humanidad, previos a la revolución francesa; balbuceos de dioses precedentes al dios que vino en barco con Colón y a los dioses subtitulados de las películas de Hollywood; rumores de vida, mucho antes de que la publicidad le pusiera precio a la vida; cantatas de nuestros muertos, tanto antes de las invenciones de las empresas funerarias y de los seguros de vida. Los mapuches consideran que todo eso, que desde hace siglos habita en nosotros, es el canto interior, el tahiel. Hermosamente, tahiel, además de canto sagrado, significa: “hombre libre”, por lo que podemos inferir que aquel que alcanza su canto interior, su canto sagrado, logra también su libertad.
No podemos irnos al silencio, sin haber descubierto nuestro propio canto, nuestro tahiel