DEDICADO

En memoria de Santiago Maldonado. Pedimos justicia.

9/24/2015

La victoria de la magia



por Pedro Patzer     
    

         
Para los onas la montaña tiene espíritu y se llama Huepen Mhe. En el noroeste argentino y en Bolivia saben que Runa Uturunco es un indio viejo que por las noches se convierte en puma. Los pobladores antiguos de la pampa también conocen que los indígenas poseen el poder de hacerse águilas, avestruces, zorros y hasta, en caso de ser perseguidos, consiguen transformarse en niebla.
¿Por qué occidente desprecia la magia de las culturas ancestrales, por qué su ciencia clasifica, irremediablemente, a seres y cosas, mientras que la sabiduría de Indoamérica (como la oriental) nos enseña que todos somos el mundo, que cada uno es la totalidad? Es decir, un hombre es hijo la Pachamama, es su Huayra Tata, su amante, y a la vez, es la Pachamama misma.  ¿Por qué la cultura occidental nos confina a ser inmutables seres?
Mientras en Occidente la alquimia tenía como objetivo principal transmutar los metales en oro, en Oriente la alquimia intentaba dar con el elixir que permitiera alcanzar la inmortalidad. Del mismo modo, mientras occidente reduce la “realidad” a lo racional, el conocimiento de los antiguos de esta tierra, nos invita a habitar “una realidad aparte”, como bien supo describir el escritor Carlos Castaneda, al camino del chamanismo indígena: “Cuando un hombre se embarca en el camino del guerrero se hace consciente, de una manera gradual, de que la vida ordinaria ha sido dejada atrás para siempre. Los medios del mundo ordinario ya no son un amortiguador para él; y debe adoptar un nuevo modo de vida si quiere sobrevivir” Gabriel García Márquez en su discurso de aceptación del premio nobel, recordó: “Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo...Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen…” El conquistador tuvo la necesidad de darle un espejo al nativo, pero éste que ya se reconocía en el reflejo del agua, se conmovió ante la imagen que le devolvía el espejo, no porque nunca haya recuperado la imagen de su rostro, sino que en ella no cabían todos sus (otros) reflejos, el indígena veía su imagen en el pájaro, en el monte, en el viento, en la lluvia. El espejo sólo lo apresaba en una imagen, la de un gigante. No había posibilidad de ser el mundo, con  ese espejo llegaban los límites, las fronteras del ver. El hombre era sólo un hombre, no un hombre lluvia, un hombre rayo, un hombre custodio de los pájaros.  Y así los cartógrafos europeos encarcelaron a la Pachamama en un mapa, y a los dioses como Kasogonagá, dueño de los rayos, según los tobas y Jachuká, la diosa solar de los mbya guaraníes,  el dios luna, el hombre de fuego, y tantos otros dioses nativos los desterraron (y los descielaron) y los reemplazaron por un solo Dios, que tenía un representante en la tierra, que en 1537, no tuvo más remedio que reconocer que “los indios también tienen alma”
Volviendo a Carlos Castaneda, Octavio Paz definía su obra como la derrota de la antropología y la victoria de la magia ante la ciencia, ya que Castaneda era un antropólogo que fue a investigar a don Juan, un chamán yaqui, y terminó convertido en un hechicero yaqui: “Somos hombres y nuestra suerte es aprender y ser arrojados a inconcebibles nuevos mundos. Un guerrero que ve energía sabe que no hay fin a los nuevos mundos para nuestra visión”  Es decir, el poder de la tierra y de su sabiduría: ¡Cuidado con los ríos que enseñan otras músicas! ¡Cuidado con los desiertos que enseñan otros silencios! ¡Cuidado con los vientos que recuperan ancestrales idiomas! ¡Cuidado con los ojos que tienen para prestarnos los cerros, el horizonte, el árbol y aquellos humanos que no se resignaron a las fronteras políticas, biológicas y culturales, y se asumieron parte de otra dimensión.
Mientras la publicidad nos convence de que el mundo se compra y se vende, mientras el turismo nos hace creer que es posible alquilar paisajes espirituales (por cinco días y cuatro noches) mientras nos invitan a estudiar sólo para ocupar un puesto laboral, hay otro misterio latente, un conocimiento silencioso, un camino donde la antigua sabiduría de esta tierra nos invita a hallar una nueva manera de ver la vida, lejos de la “vida” (producto) que el dios mercado propone.

9/16/2015

El éxito del cóndor

por Pedro Patzer

El viento de los Valles Calchaquíes siempre narra antiguas leyendas. Los viejos arrieros las recuperan, ellos suelen decir: “Huayra Tata me contó” Parece ser que el padre viento hubo de confesarles que el cóndor no envejece nunca y que cuando éste siente que su inmortalidad comienza a abandonarlo, se eleva a lo más alto, pliega sus alas y se deja caer hasta que la muerte, que desde hace siglos lo espera, lo encuentra en las peñas. El viento aborigen afirma que cada vez que un cóndor muere, crece en el corazón del cielo andino un pedazo de desierto.
Hay quien le da un uso superficial a la palabra éxito, despreciando su origen etimológico que viene del latín “exitus”, que significa salida, por lo tanto, éxito es “encontrar una buena salida a una situación” El éxito del cóndor consiste en alcanzar la cima de la vida para irse de la vida. El destino de imprescindibles personalidades de nuestro continente se parece al del cóndor.

Felipe Varela y el éxito del cóndor
Felipe Varela nació en las alturas de los sierras catamarqueñas, en un rancho pobre de Huaycama. De niño miraba al cóndor volar y pensaba que él que nada material tenía, poseía el privilegio de contemplar a la majestuosa ave desplegar sus alas cual ceremonia ancestral. Siempre sospechó que el cóndor traía consigo preguntas de otros tiempos, preguntas que desde hace cientos de años andan errantes por los andes, preguntas parecidas a los silencios de vasija de sus andrajosos paisanos, preguntas que la montaña murmuraba y que el río sugería en su idioma antiguo. Varela fue el último montonero, lo que consiguió traducir del cóndor lo volcó en un manifiesto en el que llama a la unión americana y en el que repudia la guerra al Paraguay. Murió en 1870 exiliado (en Chile) y pobre, calumniado por la historia de la oligarquía que le dio trato de "caudillo sanguinario" y por su folklore que le hizo canciones que entre otras cosas  lo retratan como el que "viene matando y se va". Sin embargo, Felipe Varela consigue el éxito del cóndor ya que el pueblo lo sube a la cima de su memoria, lo bautiza como "El Quijote de los andes" y lo asciende a las máxima altura de su cultura: lo hace copla y lo canta: “La República Argentina/ siempre ha sido hostilizada,/ porque quienes gobernaban /con mala fe caminaban. / Ahora que viene encima / levantada su bandera, /la gloria y la primavera/ florecen por sus caminos, / gritemos los argentinos: /¡Viva el Coronel Varela!”

La Machi y el éxito del cóndor

El siglo XX tenía 37 años cuando a pocos kilómetros de Esquel, en la pequeña comarca Nahuelpan, fueron desalojados (golpeados y sus viviendas quemadas) más de 300 mapuches, entre niños y ancianos, a instancias de la familia Amaya que aseguraba "ser dueña de esas tierras". Los mapuches tuvieron que emprender el éxodo: caminaron treinta kilómetros hasta llegar a Lago Rosario donde se aquerenciaron. Sin embargo de a poco fueron regresando a Nahuelpan, pero no sólo volvieron para poblar la comarca sino que retornaron para soñar, a través del pewma, a sus muertos; regresaron para descubrir allí su tahiel (su canto sagrado); volvieron para ejercitar el Pürrün (baile sagrado), es decir, eligieron retornar a Nahuelpan para  realizar allí la rogativa sagrada, el Camaruco, ceremonia en la que los mapuches se encuentran con sus antepasados.
La parte más intensa del ritual es dirigida por la Machi (médica hechicera y consejera de la tribu) que en el momento crucial del Camaruco levita hasta sanar de sus enfermedades (físicas y espirituales) a los presentes. La Machi se eleva hasta alcanzar la cima de lo sagrado, la cumbre de lo humano, la cresta donde el más allá se alcanza en el más acá. Desde ahí, cual éxito del cóndor, anuncia el fin de la ceremonia.

Facundo Cabral y el éxito del cóndor

Facundo Cabral  no tenía otra posesión material más que su guitarra. Desde que su mujer y su hija murieron en un accidente aéreo, vivía en un hotel. Se hacía llamar “Vagabundo first class” “Un vagabundo que nunca pide, un vagabundo que sólo agradece”. Tenía la mezcla justa de burdel y templo, de atorrante y santo; sus milagros arrabaleros no hacían ver a los ciegos, ni caminar a los lisiados, sus milagros consistían en ponerle libertad a los corazones colmados de calabozos. Se codeó con Krishnamurti, Borges, Perón, la Madre Teresa, Atahualpa Yupanqui, Ray Bradbury, aunque nunca dejó de ser aquel pibe pobre que andaba por las calles de Tandil, un chico pobre que aprendió que la riqueza no se encuentra en el mundo, que la riqueza se halla en la vida. Así fue que este trovador actuó en 165 países y su canción  “No soy de aquí, no soy de allá” fue grabada en muchos de idiomas, aunque donó sus regalías (un millón de dólares) a la obra de la Madre Teresa. Facundo no necesitaba la riqueza del mundo, de hecho, los tesoros del mundo lo empobrecían, del mismo modo que los dolores del mundo no lo derrotaban: “No hay dolor del mundo que sea más fuerte que la vida”. El 9 de julio de 2011, Facundo Cabral fue asesinado en Guatemala por sicarios que lo confundieron con un empresario, vinculado al narcotráfico. Recibió una decena de disparos. Horas antes, en su último concierto, había manifestado: “Es difícil y raro decirlo, pero este es el final, pero yo soy lo que se va de este mundo feliz, porque hice la vida que quería hacer, porque fui dueño de mi vida y lo seré hasta el último minuto”

9/02/2015

Gauchito Gil, la sagrada venganza de los bárbaros y los suburbios de la esperanza



por Pedro Patzer 



Si hay algo que hemos aprendido de la fe del pueblo es que ella no santifica a los pulcros nominados por los obispados, ni a los santos hechos a la medida de los corazones de mármol de los eclesiásticos, la fe del pueblo consagra a hombres y mujeres que jamás serían distinguidos por los sargentos de las plegarias ni por los burócratas de milagros, mas siempre serán elegidos por la sed espiritual de los de abajo.  Nadie sabe más de los caminos de la fe del pueblo que sus descalzos, nadie sabe más de la esperanza del pueblo que sus desesperados.
Los “civilizadores” se han cansado de llamar bárbaro al gaucho, sus libros y sus próceres se encargaron de calificarlo como salvaje, sin embargo, el  corazón del pueblo no ha consagrado como santos ni a Sarmiento, ni a Mitre, ni a ningún refinado personaje; el pueblo ha canonizado a un gaucho matrero, como el máximo protagonista de su santoral profano, el pueblo ha subido al mayúsculo altar de su fe al Gauchito Gil.
Para algunos Antonio Gil (1840 - 1878) fue un desertor que no quiso combatir contra sus hermanos en las luchas intestinas, para otros un bandolero fugitivo de la justicia, para la devoción del pueblo, un gaucho milagroso, el santo de las heridas de los “naides”, el santo rebelde que no aceptara el canallesco “Reglamento de tránsito de individuos” que sentenciaba: “Todo individuo que no tenga propiedad legítima de qué subsistir, será reputado en la clase de sirviente... Es obligación que se muna de una papelera de su patrón, visado por el juez. Estas papeletas de conchabo se renovarán cada tres meses y los que no tengan documentos serán tenidos por vagos” Por supuesto, los gauchos eran declarados “vagos” y condenados a “elegir” entre servir al ejército en las fronteras por años o integrarse a las peonadas, sin sueldo, por más  años aún. Desde luego que los “civilizados” estancieros, aprovecharon este reglamento en nombre del “progreso” y los gauchos de ser los hombres libres de la pampa pasaron a ser los esclavos de las estancias. De este crónico dolor, de esta opresión, de este silencio colmado de milongas calladas, surge el Gauchito Gil, santo de los que hablan todos los idiomas que posee el desamparo, el santo de los que llevan desiertos en las miradas, el santo de los que hasta el viento ha dejado de pronunciar sus nombres, el santo de los exiliados del horizonte (porque la patria de esos gauchos libres era sobre todo el horizonte) el santo de los inquilinos del color del día, el santo de toda esa pena que canta Martín Fierro: “El anda siempre juyendo, /siempre pobre y perseguido;/ no tiene cueva ni nido,/ como si juera maldito; /porque el ser gaucho... ¡barajo!/ el ser gaucho es un delito”
La historia - leyenda  indica que el primer acto milagroso del Gauchito Gil sucedió momentos antes de su muerte, cuando (colgado de los pies a un árbol) le manifestara al sargento, su futuro verdugo: "Cuando vayas a tu casa encontrarás a tu hijo enfermo...estará moribundo, pero invocá mi nombre y se salvará" Esto no evitó que el incrédulo militar lo degollara y que al llegar a su casa comprobara lo que Antonio Gil le había advertido: su hijo agonizaba.  El asesino le implora al Gauchito Gil que interceda ante Dios para salvar la vida de su gurí, al llegar la madrugada el milagro se había realizado: el niño había sanado. Fue el propio verdugo de Antonio Gil el que con sus manos construyó una cruz con ramas de ñandubay para la tumba del Gauchito, tiempo después éste sería, junto al de la Difunta Correa, el santuario más importante del país (ubicado a unos 8 kilómetros de la ciudad correntina de Mercedes)
Antes eran botellas con agua al costado de las rutas del país, botellas ofrecidas a la sed de la Difuntita (Deolinda Correa muere de sed huyendo del acoso de la autoridad,  con sus pequeños hijos, a los que sigue amamantando luego de morir) hoy son ermitas con trapos rojos, como si la sangre del pueblo tuviera sus banderas, como si el santo del pueblo representara aquella idea de que la sangre de los inocentes produce milagros. Los desposeídos le rezan al Gauchito, los silenciados le levantan pequeños templos hechos de todo lo que calla un vencido, porque el gaucho “despojaba de dinero a los ricos para dárselo a los pobres” porque el Antonio Gil sabía que los milagros de los abajo se consiguen luchando, los milagros de los pueblos no se logran de brazos cruzados, los milagros de pueblos se conquistan. Cuando la Iglesia de los santos oficiales les cierra las puertas a los pobladores de la intemperie, el santo de “los manos vacías”, el santo sin catedrales los cobija en su sagrada rebeldía. Por eso en la gran crisis del 2001 el Gauchito Gil apareció en comedores, en hospitales, en cárceles, en trenes a ninguna parte, en los días de los soldados del pan duro, tatuado en los cuerpos de los hijos del guiso flaco, en la liturgia de la cumbia como una alegre herida, entre la orfandad de las mesas desnudas y el vino vacante de cristos. Es cierto que tarde o temprano la historia suele hacer justicia, sin embargo la fe del pueblo siempre se le adelanta ya que hay asuntos que no se resuelven en tertulias de intelectuales, ni en discusiones teóricas acerca de la historia y la cultura, hay temas que el pueblo sólo resuelve con su misteriosa sabiduría porque curiosamente el poema nacional y la devoción más popular de la Argentina tienen como referentes a gauchos, esos hombres que fueron calificados como salvajes por los “civilizados”, esos gauchos que fueron santificados y cantados por el pueblo, esos gauchos que milagrean desde los suburbios de la esperanza, esos gauchos que son la sagrada venganza de los “bárbaros”