DEDICADO

En memoria de Santiago Maldonado. Pedimos justicia.

7/19/2012

Borges y el brusco don del espíritu




Borges y el brusco don del espíritu
por Pedro Patzer*
 
Decía, este griego nacido en Buenos Aires, que la poesía era “un brusco don del espíritu” y que en los arrabales se desataban “silenciosas batallas del ocaso”, en esos mismos arrabales donde él sorprendía a los compadritos espectrales regresando “a su cuchillo y su puta”
Este transeúnte cósmico que creía que el Río de la Plata era un “azulejo oriundo del cielo” y que solía afirmar que al gaucho “Dios le quedaba lejos”
Este hombre niño que le escribía elegías a los portones del Buenos Aires perdido: “Esta es una vieja elegía/ de los rectos portones que alargaban su sombra en la plaza de tierra” y que sospechaba que el tiempo en los desiertos había hallado la substancia “para medir el tiempo de los muertos”
Este ciego que nos enseñó a ver las otras dimensiones de la noche: “Dios, que con magnifica ironía me dio los libros y los noches” Este meteorólogo de las lluvias pretéritas: “la lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado” Hablo de un aventurero de la eternidad, que nació entre nosotros, que nació de nosotros: “el tiempo es otro río, saber que nos perdemos como el río y que los rostros pasan como el agua” Me refiero a un contemplador de la luna de enfrente: “la luna ignora que es tranquila y clara y ni siquiera sabe que es la luna” A un enamorado de lo imposible: “entre mi amor y yo han de levantarse/ trescientas noches como trescientas paredes/ y el mar será una magia entre nosotros” Este habitante de nuestro poniente , doctorado en campos atardecidos: “el poniente no se cicatriza/ aún le duele a la tarde” Este biógrafo de malevos sagrados: “siempre el coraje es mejor/ la esperanza nunca es vana/ vaya pues esta milonga/ para Jacinto Chiclana” Este alquimista del oro y la sombra: “De hambre y de sed (narra una historia griega) muere un rey entre fuentes y jardines” Este hermano mayor de la nostalgia de mañana:“Como si hubiera una región en el que ayer pudiera ser el hoy” Este nombrador del misterio: “Detrás del nombre hay lo que no se nombra” Este mendigo de la divinidad: “Así voy devolviéndole a Dios unos centavos/ del caudal infinito que me pone en las manos” Este artesano del tiempo: “el eco del reloj en la memoria”, este mortal haciendo inventarios infinitos: “Hay una fotografía que ya puede ser de cualquiera/ Hay una piel gastada que fue de tigre./Hay una llave que ha perdido su puerta” Este amigo del más allá, que urde palabras para los polizones del acá: “¿Qué cumbre puede ser la meta?” Este hermano de los desterrados de la pobre realidad: “A veces en las tardes una cara/ nos mira desde el fondo de un espejo/ el arte debe ser como ese espejo/que nos revela nuestra propia cara” Este amanuense de la resignada esperanza: “Sé que los únicos paraísos no vedados al hombre son los paraísos perdidos”. Este topógrafo de las esquinas de Balvanera: “Sobre la huerta y el patio /las torres de Balvanera/ y aquella muerte casual/ en una esquina cualquiera”
Entre nuestros días, nuestras calles, nuestras tragedias y festividades, él anduvo. Se dedicó toda su vida al brusco don del espíritu. Por eso ahora dedica toda su eternidad a ser Borges.

7/13/2012

El Otro Mundo en este Mundo

El Otro Mundo en este Mundo
por Pedro Patzer*
 
El hombre de la prehistoria dejaba la huella de su mano en la caverna, intentaba palpar en este mundo, el otro mundo.
El griego Tiresias fue castigado con la ceguera por contemplar desnuda a una diosa (Atenea).  Sin embargo con la ceguera humana, Tiresias adquirió el don de la videncia divina.
El juego de pelota maya era sagrado, el derrotado triunfaba: era sacrificado, alcanzaba la otra vida.
El hombre siempre ha buscado en este mundo, el otro mundo; ha intentado conseguir con ojos humanos el mirar de los dioses; ha jugado en esta vida hasta averiguar la otra vida.
Y ahora… entre teléfonos inteligentes y amigos virtuales, entre filósofos del dólar  y profesionales del apocalipsis, yo intento estrecharle la mano al hombre de la caverna, ayudarle a cruzar la calle de los siglos al ciego Tiresias y asistir emocionado al sacrificio maya. Es decir, escribo poesía.


7/05/2012

MINEROS




Mineros
por Pedro Patzer
 
Ahí viene el hombre, ahí viene/ embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso/ contra la explotación, muerto de hambre, allí viene/debajo de su poncho” - escribió el poeta chileno Gonzalo Rojas, hijo de un minero.
El minero dice “haiga”, el minero dice: “al dentrar”: ¿Será que en las profundidades de la tierra hay verbos en estado puro, verbos sin reales academias, verbos con la fuerza del volcán y con el testimonio de la primera piedra del mundo, verbos con la gramática del socavón?
La tiranía de la definición indica que la minería es una de las actividades más antiguas de la humanidad, consiste en la obtención selectiva de minerales y otros materiales a partir de la corteza terrestre. Sin embargo, la definición omite que el minero es el panadero de la tierra, el jardinero de la flor del petróleo, el sacerdote que celebra la misa de la roca y el cerro escondido.
“...creadores de la profundidad,/saben, a cielo intermitente de escalera,/ bajar mirando para arriba,saben subir mirando para abajo...” (César Vallejo)
El minero integra la hermandad de los soles recónditos, la cofradía de las profundidades de la tierra, la congregación de los hombres que confunden el día con la noche, pues los ojos del minero se enfrentan al sol como virgen ante el bullicio del deseo, porque el minero es el obrero del oro de la sombra, peón de los ocasos dormidos bajo el mundo.
Juan Navarro insepulto y sepultado/ yace en el fondo de la mina oscura./ Afuera el sindicato con premura/ un grandioso homenaje ha preparado./ "Fue mártir del progreso, fue soldado..."/ Declama el intendente en su lectura/ y en solemne responso el señor cura/ lo llama "boliviano iluminado"./ De qué sirven los cirios y oraciones/ y ese cheque que firman los patrones/ y ese cura, ese juez, esa bandera?/ De qué sirve todo eso Juan Navarro/ si estás muerto y pudriéndote en el barro/ sin saber que en Oruro es primavera?” (Carlos E. Figueroa)
Minero, profanador del secreto hondo del planeta, tiene una santa de las profundidades, Santa Bárbara, y un espectro de mujer que cada tanto lo acecha, la viuda negra. Como se sabe, la mujer tiene prohibido el ingreso a la mina, se cree que si ella penetra en el socavón la maldición caerá sobre los mineros. Extraño, si se tiene en cuenta que la Pachamama, la Madre Tierra, es mujer, pero también curioso si se considera la importancia de la Palliri (mujer que selecciona los minerales) a la que Manuel J. Castilla le dedicara un poema: “Qué trabajo más simple que tiene la palliri./Sentada sobre el cáliz de su propia pollera,/elige con los ojos unos trozos de roca/que despedaza a golpes de martillo en la tierra...Qué inútil que sería decir que en sus miradas/hay un pozo de sombra y otro pozo de ausencia;/que pudo ser pastora de las nubes/ y se quedó en minera,/que pudo hilar sus sueños por las cumbres/viendo bailar la rueca” Víctor Montoya, escritor boliviano, sostiene: “Cuentan que el Tío (El Tío, deidad andina de los mineros) se enamoró de la Palliri más hermosa del campamento minero. Respondía al nombre de Soledad Chungara; tenía las trenzas largas y la piel más blanca que la porcelana china, y aunque a veces parecía una monja, mantilla blanca en la cabeza y pollera negra que le daba más abajo de las rodillas, era tenida por mujer de mala vida. Los mineros no se atrevían a mirarla a los ojos, porque decían que su desgracia estaba escondida en su belleza”
El minero es el intérprete del ancestral canto de la tierra, devenido en piedras. Él habita las hondas oficinas del planeta, allí donde las ventanas muestran los antiguos océanos de la humanidad ¿Será por eso que los mineros urden los primeros inventarios de la noche secreta del mundo?
Las manos del minero develan el antiguo testimonio del corazón del planeta, rasguean la guitarra paleolítica, tocan el viejo tambor del mundo.
Ebrio del vino de abajo, de la sangre de la tierra, del rocío planetario, el minero navega a través del río de los siglos de la roca, de ese vino, sudor de los primeros que sembraron el día nocturno de la mina, lágrimas de los que lloraron el paraíso perdido en el oro, arroyo seco de los pobres ricos que hacen tumbas llamadas minas, sangre del Cristo minero que perdura en cada piedra que el obrero del socavón trabaja, sin saber que está urdiendo con sus manos, su propia lápida.