DEDICADO

En memoria de Santiago Maldonado. Pedimos justicia.

10/28/2010

Pueblo y corazón: dos palabras, un destino

Pueblo y corazón: dos palabras, un destino
por Pedro Patzer

“El corazón de mi pueblo es una rosa fragante/ es un arado en la aurora, fuerza y vida en todas partes/ es una antorcha de soles/ es barro de los horneros, es la artesana paciencia del albañil y el herrero” - escribió Mario Carrero, para que lo cantara Alfredo Zitarrosa.
Hubo un tiempo en que la política desterró de su discurso a la palabra pueblo y en que la poesía exilió de su arte al término corazón: ¿Se puede hacer política sin el pueblo? ¿Se puede hacer poesía sin el corazón? La poesía es el corazón del pueblo, el pueblo es el corazón de la política.
Ningún diccionario indica que la palabra pueblo es sinónimo del vocablo corazón, como ninguna escuela jamás enseña a atravesar con dignidad la tristeza del anochecer de domingo, o devela el nombre exacto del hombre barbudo que siempre aparece retratado en alguna nube.
Que la poesía haya dejado a un lado al corazón, es tan insólito como si el sistema solar negara el protagonismo natural del sol. También es cierto, que muchos fariseos de las letras quisieron hacer de la poesía un objeto exclusivo, sólo para entendidos, y la traficaron en el mercado negro de las palabras. La poesía como objeto de lujo no necesita corazón; la poesía como arma de los desesperados, requiere fundamentalmente del corazón. El corazón es el pan del poema de los afiebrados, el corazón es el agua de las palabras de los sedientos, y el poeta es el biógrafo del corazón humano.
Lo mismo con el término pueblo. Hay políticos (o facinerosos que se hacen llamar políticos) que jamás conseguirán alcanzar la palabra pueblo. Ellos lo saben, por eso la reemplazan por los términos: gente, ciudadanos o vecinos. ¿Se imaginan a un líder revolucionario arengando a los “vecinos”? El vocablo pueblo huele a las ollas herrumbrosas, a hachas desdentadas, a mesas desnudas, a guitarras impacientes y cajas desesperadas.
Las palabras pueblo y corazón han caminado juntas desde que el espíritu humano alcanzara el lenguaje:
El vocablo "corazón" aparece 873 veces en la Biblia, muchas de ellas aliada al término pueblo:
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mateo 15:8)
Homero describe en La Iliada: “Aquiles convocó al pueblo al ágora: se lo puso en el corazón”
Shakespeare en Julio César, le hace decir a Bruto: “¿Sabéis hasta qué punto puede conmoverse el pueblo con sus palabras? ¡Mí corazón está ahí, en ese féretro, con César...”
La cultura popular se ha encargado de difundir esta alianza entre las palabras pueblo y corazón: “Oigo las voces del pueblo que cantó mejor que yo” escribió Yupanqui, el mismo que urdiera: “Lo que dentra a la cabeza/ de la cabeza se va .Lo que dentra al corazón se queda y no se va mas...”
Rafael Amor, le habla al pueblo cuando afirma: “Te han sitiado corazón y esperan tu renuncia/ los únicos vencidos corazón, son los que no luchan”
Juan Gelman, en su célebre libro Gotán, advierte : “abrió el pecho y sacándose/ los alrededores de su corazón,/ agitaba violentamente a una mujer,/ volaba locamente por el techo del mundo/ y los pueblos ardían, las banderas”
El imprescindible Neruda, en su Canto General, sentencia: “Está mi corazón en esta lucha. Mi pueblo vencerá”
Cuando una sociedad le teme a las palabras pueblo y corazón se vuelve parecida a sus miedos: comienza a justificar la muerte de su ángel; contribuye, con un párrafo más, a la carta suicida del mundo; coloca las fajas de clausuras del horizonte; multiplica a los predicadores de la vida chiquita, suma otro alarido al oscuro rugido de la Historia.

10/22/2010

Hombre de letras o letras para los hombres

“…pero el ángel no estaba/ lo perdí por la infancia, de la escuela a la casa, tiempo ayer...” escribió Ariel Petrocelli
Los poetas populares están más cerca de los “astronautas de trigales” que de los que hacen del mundo una oficina.
Ya pasaron semanas de la partida de Ariel Petrocelli, ya las cínicas (e incorrectas) lágrimas de tinta de los periódicos, se evaporaron. Ya las rezadoras guardaron sus rosarios y los burdeles de palabras abrieron sus puertas. Ya los sepultureros enterraron a otros tantos y las parteras recibieron a otros cuantos. Ya los mismos de siempre continuaron condenando a los condenados; ya otros se enamoraron y algunos siguieron sin hacer de su corazón un pájaro.
Y es ahora, cuando el espíritu del poeta regresa a su origen: a los pupitres de las espectrales escuelas de Cachi y a la cancillería de roca y coca de Seclantás. A la lluvia refrescando siglos de Antigales y al ángel descalzo desnudándose en su zamba.
Porque la obra de Petrocelli se sentiría presa en una biblioteca, se ahogaría en las tesis doctorales de las academias, porque el nacido en Campo Santo pudo cumplir la profecía de Homero Manzi: “El verdadero hombre de letras es el que hace letras para los hombres” Aunque Petrocelli hizo letras para los hombres y para los dioses, porque “el Tano” parecía comprender como nadie la mugre del ángel y la elegancia del harapiento, sabía que sin el monstruo no había princesa, entendía que su estilo era el remoto paisaje humano: la mirada del que huye sin saber que ha estado ,y, la mirada del que se queda sin saber que podría haberse ido.
¿En qué regresará Ariel Petrocelli? ¿En qué cancionero de sudor de obrero confundido con rocío? ¿En qué partitura de un silencio hecho por los músicos de la mudez del mundo, los egresados de ese conservatorio de pena y dioses clausurados? ¿En qué regresará este juglar salteño? ¿Vendrá en cada paso de descalzo? ¿Poblará de flores las heridas del nadie? ¿Hallará petróleo en la mirada vacía del hombre hundido en los fondos de la vida? ¿Volverá Ariel en los ladridos de los perros de terminales, en las valijas horrendas de los solitarios viajantes, en las redes rotas de los arcos de los potreros abandonados?
Petrocelli no era un poeta de la academia, tal es así, que fue omitido en la Antología de poesía del noroeste argentino del siglo XX publicada por el Fondo Nacional de las Artes. En realidad, este olvido es coherente con la obra de Ariel, Petrocelli era Doctor Honoris Causas de la pena estrellera de la baguala, de la universidad de la guagua de pan, de la congregación de las noches del ángel de alcohol, de la escuela de los hombres que saben que la muerte no los hallará muertos.

Pedro Patzer (publicado en http://www.boletinfolklore.com.ar/)

10/19/2010

Todos los caminos, el camino


“…y prendido a la magia de los caminos, el arriero va…” escribió Yupanqui.
Los caminos tienen su elenco estable de piedras y pájaros, de obreros del horizonte y jefes de un silencio que muy pocos hombres saben pronunciar. Tal vez por eso la verdadera medida del alma de un pueblo, es sus caminos.
Los caminos delatan los diversos paisajes espirituales del país: la geografía de la ronca caja de Gerónima Sequeida (caja donde los huesos y los cantos ancestrales de los originales ángeles de los valles) y del Kultrún de los mapuches (tamborcito donde el volcán y las estrellas, hacen sucumbir al cielo patagónico)
Los caminos le ponen ritmo a la soledad del pampeano: ¿Acaso no es la huella un manifiesto de soledad planetaria, acaso la milonga no es una muestra del paso lento y cansado de los descalzos? “…mirando el camino pensarás en mí…” anuncia la Milonga del que se ausenta. Los caminos son las memorias de la distancia: “Se levanta en el cerro/ la voz doliente de la baguala/ y el camino lamenta ser el culpable de la distancia” (Camino del Indio, don Ata) Los caminos sienten nostalgias por la cartografía humana desaparecida: la marcha de los antiguos carros, el andar de los auténticos caudillos y sus soldados que con sus fusiles de seis cuerdas, entonaban cielitos y triunfos.
Dicen los monjes budistas que su tarea es estar siempre en el camino, los máximos poetas que se internaron en los bosques o en las heridas del mundo, siempre han concluido que en el camino está la finalidad de la vida: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar” (Antonio Machado)
Los caminos engendran leyendas: La Difunta Correa (metáfora de la sed de los caminantes); el espectro errante de Santos Vega, por los caminos (alegoría del gran canto de los vencidos); las ermitas al Gauchito Gil (los verdaderos templos de los descalzos); la inalcanzable Ciudad Esteco (siempre en la senda hay una ciudad escondida, una capital del gran misterio)
Los caminos también fecundan tragedias: ¿Cuántos artistas se han ido en ellos? Tamara Castro, Jorge Cafrune, Hernán Figueroa Reyes, entre muchos otros.
En los caminos están las respuestas a las preguntas que siempre nos hemos hechos o quizás nunca: Roberto Chavero comenzó a llamarse Atahualpa Yupanqui en los caminos; Ricardo Neftalí Reyes Basoalto empezó a nombrarse Pablo Neruda en los caminos; Martín Fierro y el Quijote comenzaron a ser eternos en los caminos.
Los caminos sólo se modifican por los caminantes: Seclantás no es el mismo después de Ariel Petrocelli; Hualfín y Corral Quemado, no son lo que eran antes de que Jaime Dávalos los hiciera Zamba; Monteros no es igual, luego de que lo cantara Mercedes Sosa
Cuantos más caminos acumulemos, a más lugares, de nosotros mismos, habremos llegado

Pedro Patzer (publicado en http://www.boletinfolklore.com.ar/)

10/12/2010

EL LADO MÁS PÁJARO DEL ALMA


"El lado más pájaro del alma” – escribió Tejada. ¿En qué nido de nuestras pasiones, de nuestros misterios, de nuestros silencios, descansa esta ave secreta? ¿Qué oculto bosque elige, qué cosas canta? “Al pájaro se lo interroga con su canto” advirtió la poeta pampeana Olga Orozco ¿Dentro de cuántos pájaros encontraremos nuestro canto? – podríamos responderle a Olga, si no nos interrumpiera el poema nacional: “como el ave solitaria con su cantar se consuela” Según León Felipe, “el poeta cuenta su vida primero a los hombres; después, cuando los hombres se duermen, a los pájaros”
Los pájaros median entre el cielo y la tierra, se burlan de la rígida estatua y del moderno edificio, del barco muerto y de los escombros de las pasiones humanas: llenan de vida la lápida y de alegría al jardín del hospital, se le atreven a los patios de las cárceles y a los campos minados. Por eso es que intentamos hallar el lado más pájaro del alma: “Vuelo y no vuelo pero canto: soy el pájaro furioso/ de la tempestad tranquila” se autorretrata Neruda, el que se hacía llamar “poeta provinciano pajarero”, porque si se le pudiera preguntar a los pájaros que les hubiera gustado ser, de no haber sido aves: poetas, responderían sin dudarlo. Y es lógico, entre los poetas y los pájaros hay una camaradería, tan estrecha como la del perro y el mendigo. Los poetas traducen el lenguaje de los pájaros: “el pájaro que vuela en mi voz” sentencia Juan Gelman “y como sílabas negras, las golondrinas/ dicen adiós, dicen adiós” advierte Jaime Dávalos; “Garzas viajeras, novias leves del azul”, devela Aníbal Sampayo, dejando sin chances a los otros colores, que también pretenden a este pájaro. Antonio Esteban Agüero, no sólo que escribe “cementerio de pájaros”, sino que se atreve a postular a la cigarra como ave: “Yo proclamo que es ave verdadera/ mal que te duela, torpe Zoología/ no canta, acaso, di ¿no se gloria de ser una criatura volandera?”
Y qué diferencia hay entre un pájaro y un ángel: el pájaro se parece al obrero del puerto, al vagón abandonado entre la hierba, al músico callejero, al niño pordiosero; aunque también al enamorado y al atleta; en cambio el ángel es más inaccesible, nunca huele a establo o a sexo, más bien a templo, a adorno dorado, a cielo para algunos.
El lado más pájaro del alma, dijo Armando Tejada Gómez y podríamos pasarnos una vida intentando alcanzar esa zona de uno mismo, aunque la flor que envejece en el libro, y el sol que rejuvenece el rostro del anciano, y la vida que parece reiniciar el juego cada vez que un poema, que un abrazo, que una copa de vino, que una utopía, que un Peteco Carabajal enciende su canto: Las manos de mi madre/ parecen pájaros en el aire/ historias de cocina/ entre sus alas heridas de hambre.

Pedro Patzer